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Ucrania: guerra en tablas y paz trumpiana

El nuevo presidente juega con la idea de una zona desmilitarizada entre Ucrania y Rusia al estilo de la que parte las dos Coreas desde 1953

Firma del armisticio en la península coreana, en 1953. GETTY IMAGES
Firma del armisticio en la península coreana, en 1953. GETTY IMAGES
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En 2019, justo antes del año de la tos, Trump fue nominado por primera vez al Nobel de la Paz (sí, hubo una segunda). Su candidatura ponía de relieve el imparable avance que el presidente había logrado hacia la amistad entre las dos Coreas. Y sin embargo, seis años después de que el magnate se coronara con el casco azul y jugara a rayuela en la línea desmilitarizada, el fin de aquella guerra que terminó en tablas con el armisticio de 1953 sigue lejos. Lejísimos. Con el agravante de que el norcoreano Kim se ha convertido en un villano con esteroides tras hacer piña con Putin hasta el punto de prestarle tropas.

Ahora Trump vuelve a la Casa Blanca con un Gabinete que no pasaría el casting de Mad Max (por excesivo) y la obsesión de que esta vez quizá pueda convencer a la Academia sueca de su mano para para pacificar la Tierra a base de trolear el consenso internacional. La medalla pasa por acabar la guerra de Ucrania «en 24 horas». ¿Cómo? No se sabe aún, aunque su número dos, J. D. Vance, ya ha aconsejado «realismo» a Zelenski.

Y su flamante enviado para Ucrania, Keith Kellogg, se ha mostrado partidario de apretar las tuercas a Kiev cortándole el grifo de la ayuda y de atar en corto a Moscú amenazando con volver a abrirlo y desestabilizarle el patio trasero. En ese horizonte de la realpolitik trumpiana entra en juego la península de Corea, partida en dos por un trozo de tierra de nadie desde el que militares del Norte y del Sur se vigilan aún con prismáticos como si esto fuera 1960.

El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, durante el homenaje a las víctimas de la hambruna de Stalin, en Kiev.
El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, durante el homenaje a las víctimas de la hambruna de Stalin, en Kiev.AFP

El runrún diplomático dice que a Trump no le disgusta la idea de una zona desmilitarizada similar entre Ucrania y Rusia siempre que no tenga que patrullarla (ni pagarla). A los enemigos el plan no les entusiasma: Putin quería un estado vasallo y Zelenski, la soberanía total de Ucrania. Pero Kiev sufre en el terreno pese al tardío permiso para atacar suelo ruso con misiles del Oeste. Y Rusia ha perdido ya a 200.000 soldados en combate, una cifra que los 100.000 reclutas norcoreanos no compensan, sobre todo teniendo en cuenta que al saltar de un país analógico a unas trincheras extranjeras y frías pero digitalizadas, han descubierto el porno gratis.

La idea de una zona desmilitarizada en la frontera ucraniana obliga a abandonar la idea de una paz justa, al consolidar las posiciones militares -Rusia se quedaría con el 20% del territorio de un país soberano, incluidos Crimea y el Donbás- y eximir a Putin de pagar por sus crímenes de guerra. La franja necesitaría además, unas fuerzas de pacificación que garantizaran la seguridad de una Ucrania fuera de la OTAN (durante mucho tiempo). Un plan que suena a parche hasta el próximo zarpazo ruso. Que esta vez quizá desgarre Europa.